Inicio esta página con el propósito de desarrollar temas literarios o no, intercambiar ideas y descubrir pensamientos y hechos que valoricen y afiancen la libertad de pensar y opinar con solvencia y calidad, nada fácil pero sí posible.
Y como los hechos se demuestran andando dejo este cuento que figura en mi libro "Entre sustos y sonrisas".
MILAGRO EN
GUACHALAITE
Al pie de las sierras de
Cochinoca en la precordillera jujeña, viven Chango y la abuela, con sus cabras,
ovejas y algunas llamas.
Desde hace dos años están
solos, acompañándose uno a otro después de que el vendaval sorprendiera al
abuelo y a los padres del chico cuando regresaban de una Feria Artesanal en
Quichagua.
El Guairazul, huracanado
como siempre, provocó un alud que los sepultó.
Nunca pudieron encontrarlos.
Chango no logra
acostumbrarse a la ausencia, piensa que no han muerto que de seguro, para
resguardarse tomaron por Huaytiquina, donde el sol se oculta sin ruido y se perdieron.
Necesita creerlo, por
eso, cada mañana, cuando el disco de fuego comienza a enviar sus señales cambiando
los colores de los cerros, espera verlos aparecer entre las muñas con su paso
tranquilo y las alforjas llenas.
Una vez se lo dijo a la
abuela pero ella lo miró con tanta tristeza que no volvió a tocar el tema.
El atardecer sereno y
dorado lo inspira para sacar de su anata esas melodías tan dulces que, está
convencido, son las que ayudan a los animales a digerir mejor los pastos.
Un sordo tronar le hace
levantar la cabeza, muy alto el pájaro de metal cumple su rutina.
Es la horita de volver –decide-
e interrumpe el concierto de la flauta indígena.
Un silbido pone en
alerta a Tilka, su perra pastora, que empuja a la manada hacia el camino de
regreso.
Divisó el rancho
enmarcado por el sol y el aire le acarició la nariz con un olorcito tentador. Seguro
que la abuela hizo pasteles con dulce e'tuna - pensó saboreándose.
Dejó los animales en el
corral y seguido por Tilka entró en el rancho.
Se sorprendió al ver a
la abuela recostada.
_¿Pasa algo, abuela?
-preguntó alarmado.
_Pasa que su abuela está
vieja y tiene los huesos cansados Chango. ¿Todo anduvo bien?
_Sí, solo que la Chita
se iba derechito derechito pa'l lado del Guachalaite, suerte que la Tilka la
trajo.
_Tenga cuidado m'hijo, ya
sabe que por esos lados ni usté ni nadie debe pasar, es en Guachalaite, según
dicen, donde nacen las brujas pues, y como no les gusta ver a los cristianos en
sus tierras son capaces de transformarlo en aña.
_El abuelo ¿habrá pasado
alguna vez por el Guachalaite? –se animó a preguntar.
_Usté sabe que de esos
temas no hablo – contestó la anciana adivinando hacia dónde conducía la pregunta.
Al Chango lo atravesó un
escalofrío pero el hambre de sus diez años desvió la atención hacia la mesa.
De improviso, ella dijo
_Chango, me parece que
usté va a tener que pensar en mejorar su vida.
_¿Mejorar?.. ¿Por qué,
si así estamos bien?
_Porque yo no he de
durar como la Pachamama y a usté le falta muchísimo trecho todavía.
_Y bueno pues, cuando
crezca pensaré.
La mujer permaneció
silenciosa y no se habló más.
Esa noche el chico
durmió intranquilo, las palabras de la anciana lo habían preocupado, nunca hablaba
del pasado ni del futuro.
Cuando el sol comenzó a
pintar los cerros no pudo más y lo despertó:
_Chango, hijo, tengo que
ir a Quichagua, a la salita...
Saltó del catre.
_¿Está enferma abuela?
Ya me parecía que no andaba bien. Quédese tranquila que ya preparo el carro, no
se mueva.
Corrió en busca de los
burros y los ató al carro. Con gran esfuerzo ayudó a subir a la mujer y ella
recostó como pudo su doliente humanidad.
Tilka se ubicó junto al
chico e iniciaron el camino hacia Quichagua en busca de ayuda.
El sol estaba a pleno y
calentaba las piedras, la anciana pedía agua con frecuencia.
La precaución de los
animales hacía lenta la marcha.
Se detuvo en un chorrillo
para refrescarse y dejar que los burros bebieran.
La mujer preguntó, mientras
recibía el alivio del agua fresca:
_Dígame Chango, ¿falta
mucho?
_No, abuela, estamos por
llegar a los Cruces.
Azuzó a los burros que
se esforzaban por aligerar el paso, momentos después entraban en el
desfiladero. Los cascos resonaban con un seco toc-toc que Chango confundía con
los latidos de su corazón. Sintió las lágrimas en la boca. Tuvo mucho miedo.
Cien metros adelante
tendría que optar: cruzar por Guachalaite para acortar camino o seguir el más
largo y evitar el territorio de las brujas.
¿Qué hacemos Tilka? –
murmuró.
Un nuevo quejido de la
abuela lo decidió: A la derecha burros, a la derecha. ¡Vamos… Vamos! Que las
brujas los transformen en guayatas porque tenemos que llegar.
Y sin darse cuenta
comenzó a gritar con todas sus fuerzas:
Tenemos que llegar, tenemos
que llegar, más rápido, más rápido que nos alcanzan las brujas. Y como poseído
sacudía las riendas sobre los lomos grisáceos.
Chango sintió que su
ropa se inflaba, que el aire inundaba todos sus sentidos y que su cuerpo era
una pluma flotando en el espacio.
Cerró los ojos. Lo invadió
una sensación de plenitud y un prolongado sonido, una O.... interminable le llegó desde las
entrañas del cerro.
Después, el silencio
profundo.
Oyó que alguien le
decía: Todo está bien muchacho, todo esta bien, has llegado a Quichagua, pues.
Sintió un gran alivio,
vio al médico junto a la abuela y murmuró:
Yo sabía, yo sabía que
venceríamos a las brujas Tilka, lo sabía... lo sabía...
muñas: arbustos pequeños
aña: zorrino
guayatas: gansos salvajes
Hola Hebe.
ResponderEliminarQué lindo y fuerte este cuento.
Me gusta, como todo lo que escribís.
Muy buena la idea de compartir este espacio con tus seguidores, prometo difundirlo para que seamos muchos más.
Siempre aprendo mucho leyéndote, muchas gracias.
Hasta pronto, Patricia