viernes, 20 de junio de 2014


                     PARA EL DÍA DE LA BANDERA
                       UN CUENTO CON HISTORIA

Novia de arena

De pie sobre el muelle del puerto de Tay una mujer permanece inmóvil el brazo en alto en ademán de despedida. Mira cómo la niebla va engullendo la nave, una mancha dentro de la mancha gris, apenas un punto en la inmensidad.
No ve, no siente, no oye ni siquiera el martilleo del corazón, las lágrimas son lo único vivo en ese ser doliente que acaba de despedir a su hijo menor Francisco Drummond que ha  sobrevivido al padre y a cuatro hermanos muertos en el campo de batalla.
Emprende el regreso en un último esfuerzo de voluntad.
La intolerancia religiosa que asuela al país ha hecho de Escocia un campo de muerte por eso a pesar del dolor prefiere al hijo lejos que llorarlo junto a una tumba o peor aún sin tener un lugar donde murmurar una plegaria.
Mientras tanto a lo lejos Francisco desde cubierta se despide de Dundee, su ciudad natal, un nudo en la garganta le impide llorar su impotencia, nada puede hacer contra la incomprensión de los hombres. Tiene dieciocho años, muchos sueños y esperanzas de gloria y se aleja con dolor de su tierra amada donde la ceguera de los hombres le ha robado sus afectos más preciados.
En el puerto ha quedado la sombra de su madre, cuando ya es inútil otear el horizonte pues no la ve y ni siquiera la adivina, se encamina a cumplir con sus tareas.
La meta es llegar a Brasil para ocupar su puesto en la Marina Imperial donde actuará algunos años. Mas los planes de Francisco pareciera no coincidir con lo que sus hados han dispuesto, cuando el Imperio del Brasil declara la guerra a las Provincias Unidas  del Río de la Plata sus ideales juveniles lo inclinan por la Justicia y la Libertad y pide la baja de la Marina Imperial para incorporarse a la oficialidad de las naves argentinas.
Viaja a Buenos Aires para ponerse a las órdenes del jefe de la flota, un irlandés que hace doce años ha asumido la causa patriota, se llama Guillermo Brown, ha navegado por un cuarto de siglo los mares del mundo, conoce como nadie las triquiñuelas del
marino y tiene un coraje indomable.
Se presenta ante el Comandante quien simpatiza con el joven y se entabla una cordial relación, los une, entre otras cosas, el recuerdo de la absurda y despiadada persecución en sus patrias contra quienes profesan el catolicismo.
El joven Francisco Drummond concurre a las reuniones en casa de la familia Brown. Tiene veinticuatro años, una espléndida apostura, cabellos que han dorado los soles de diferentes latitudes y ojos garzos que parecen encerrar los misterios abismales del mar. Conoce a Eliza Brown la adolescente cuya mirada transparente trastoca el ritmo de su pulso y el milagro de amor entre la niña del Plata y el caballero escocés parece predestinado. Por primera vez el joven conoce la felicidad profunda y su cabeza se puebla de proyectos a pesar de estar en un país en pie de guerra, ser oficial de la escuadra al mando de su futuro suegro y que el panorama que deben afrontar no sea por cierto nada alentador.
Las fuerzas nativas se ven impelidas a medirse con una flota poderosa equipada desde las bodegas hasta los mástiles sin que falte un remache.
Francisco Drummond ha sido designado capitán del bergantín Independencia.
La víspera de su embarque pasea con su amada por el jardín de la quinta como tantas otras veces pero ambos sienten que los envuelve un presagio de desdicha.
Eliza no puede retener las lágrimas, una angustia profunda estruja sus entrañas y no son suficientes ni las caricias ni las palabras tranquilizadoras del joven que inventa argumentos para evaporar temores.
Vamos Liza -le dice apasionado- eres la hija del Almirante.
Liza sonríe con tristeza. Él no entenderá la angustia de las mujeres que esperan el regreso de los seres amados, no lo entenderá porque no tiene idea de lo que es estar pendiente de una noticia, de una palabra, de un llamado a la puerta de casa y le dice temblando:
_Me aterra que vuelvas a la lucha, no duermo, no como, no vivo cuando estás en peligro y sé que no soportaría que algo te ocurriera.
Francisco la abraza y por un largo rato permanecen en silencio.
Pero el destino sigue hilando y deshilando la madeja y pergeña lo que debe suceder.
Los acontecimientos se precipitan
La situación es dramática, dieciseis naves han sido apostadas para controlar los movimientos del Almirante, se inician las hostilidades y los brasileños abren fuego obstinado despilfarrando sus cartuchos.
Dos naves argentinas quedaron encalladas en la arena y no solo el viento la marea también perturba las maniobras e impide el auxilio. El Independencia al mando de Drumond, está trabado y recibe la metralla despiadada del barco de Norton, el capitán enemigo que no puede aceptar no lograr vencer a esa mínima fuerza con el poderío de su flota y arremete con saña contra el bergantín.
El escocés se defiendo como un león, Brown comprende que la situación es desesperante y le ordena que prenda fuego al casco. Pero Francisco no piensa abandonar su barco, está herido pues el día anterior en plena lucha una astilla volante le rebanó el pabellón de la oreja sin embargo insisten en que le envíen municiones y ante la respuesta del Almirante de que no tiene ni para su defensa, en un acto de terquedad demencial, aborda el único bote que queda y se cruza en medio de la metralla. Comprueba la realidad de la situación y decide buscar ayuda en otro barco pero antes de que pueda intentarlo un proyectil desgarra su muslo y perfora la arteria.
Su amigo del alma, Juancito Coe corre en su auxilio y le practica una ligadura que no es suficiente, Francisco pierde el sentido y abundante sangre. Lo conducen a la cámara, abre los ojos y hace señas a Coe.
_Se acabó, Juan -murmura.
El amigo acerca su oído a la boca del herido y recibe el mensaje:
_En mi chaqueta está el anillo para Elisa, iba a dárselo cuando regresáramos vencedores...
Las lágrimas mojan  las mejillas de Juan impotente ante la fatalidad que los castiga sin piedad.
En un esfuerzo de titán el Almirante ha dejado su puesto para llegar a su lado y oye la voz que se apaga:
_Tengo sed, Liza...Liza...
Y  acongojado lo anima:
_Valor, pronto estarás bien hijo.
_Lo siento Almirante, quiero... -pero enmudece, la mirada perdida mientras se le escapa  la vida.
El curtido marino se estremece. Ariba la metralla continúa su concierto de muerte y espanto. Hay que seguir pese a todo. Brown lo mira por última vez, besa su frente y regresa a su puesto.
Un silencio espeso como las nubes en ese día bochornoso de febrero cubre el escenario de la batalla. Las fuerzas criollas han logrado poner a los barcos enemigos fuera de combate y ha dejado maltrechos a otros nueve. La flota imperial ha huído llevando el acíbar de la derrota entre sus mástiles deshilachados.
En tierra se conoce el triunfo, la nueva corre de recova en recova invitando a la gente a congregarse para loar a su héroe que también ha sido herido de consideración.
Crece el entusiasmo mas todo se acalla cuando los cañones anuncian la llegada de los muertos. Gimen las campanas de los templos cercanos en un dolido repiqueteo luctuoso y todo el pueblo acompaña en acongojado e interminable cortejo a quienes han perdido seres amados, la Patria llora ante la insensatez de los hombres.
Encerrada en su habitación, sentada sobre su cama, Eliza tene la mirada fija en sus manos unidas para la plegaria donde brilla el anillo que Juan Coe le entregara horas antes. Ya no tiene lágrimas, su mente no piensa, no responde, no entiende.
La madre teme por su salud física y mental, observa día a día sus reacciones, redobla los cuidados, controla las medicinas, la alienta y apoya pero Eliza es feliz solo en el jardín con las plantas y las flores tanto que le ha puesto nombre a los senderos, este Francisco, el otro mi amado y el más transitado escocés terco. Es en el único sitio donde sonríe y habla sin cesar, en casa es una triste niña dulce que convive pero  no participa ni de los pequeños placeres del hogar es amable con todos pero distante e inaccesible.  El Almirante y su mujer están convencidos de que el tiempo ayudará a restañar las heridas por profundas que sean.
Concluído el verano un otoño ocre y amarillo tiñe el jardín que se desnuda cuando llega el invierno para glorificarse en verdes y rojos y azules cuando estalla la primavera, es la estación del cumpleaños de Elisa, en octubre cumplirá diecisiete pero no habrá festejos. La niña está serena, no se ha sacado el luto y cuando aprieta el calor una blusa blanca es la excepción que se permite.
No le interesan las amigas ni las reuniones ni los paseos y si llega alguna visita se recluye en su cuarto y teje sin desmayo un suéter que empezara para Francisco mientras sonríe ante visiones que su mente recrea.
Alguna vez acompaña al hermano menor hasta las barrancas del río donde el chico pesca mojarritas y chapucea a su gusto.
Para Navidad prepara con esmero el nacimiento del Niño para agradar al padre fiel a sus creencias, dos días después alegre y sonriente, la familia la mira pensando en un milagro, ha dispuesto la mesa para el almuerzo llena de flores y canturrea una canción de la niñez. Elizabeth Chitty está preocupada pero feliz, su niña ha vuelto y la actividad de los Brown continúa su curso normal.
Es una tarde sofocante apenas la brisa mitiga las acechanzas del sol. Al atardecer Eliza invita a su hermano Eduardo de diez años a ir hasta el río.
El chico nada entusiasmado mientras Eliza camina por la costa como otras veces la sombrilla jugueteando entre sus manos.
De pronto mira con insistencia el horizonte la silueta de un bergantín se define neta navegando hacia ella.
Francisco... -murmura emocionada- y se interna en el agua en un desesperado intento por llegar a la nave hasta que sus pies no tocan fondo y se entrega al manso bamboleo de las aguas oscuras.
Ya voy... Ya voy... -dice antes de desaparecer.
Es el 27 de diciembre de 1827, la ciudad recibe la noticia de la tragedia y llora conmovida la pérdida de la adolescente mientras el repique de campanas de todas las iglesias acompaña el duelo de los Brown.-



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